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  • Francisco Iruela

Metacognición: su relación con los síntomas psicológicos

Actualizado: jul 28

Introducción


El concepto de metacognición es complejo de definir. En la literatura científica, existe un solapamiento entre este término y otros como cognición social, mentalización, autoregulación, función reflexiva, etc. Este artículo seguirá la definición que da el equipo de Paul Lysaker de la Universidad de Indiana y el equipo de Semerari, de la Escuela de Formación en Terapia Cognitiva de Roma.


Podemos pensar en la metacognición como una extensión de la cognición. La cognición es una agrupación de actividades mentales básicas para la supervivencia.


Centrándonos en la metacognición, esta es un conjunto de habilidades mentales que involucran desde la detección de pensamientos y sentimientos simples así como la integración de intenciones, deseos, sentimientos, y la conexión entre dichos elementos. Podemos hablar de 4 áreas:


Podemos pensar en estas habilidades agrupadas como dimensiones. Por ejemplo, no se trata de si tienes autorreflexividad o no, sino del grado de autorreflexividad y sucesivamente.


Es útil imaginar la relación entre cognición y metacognición como si fuera nuestro castillo de defensa. La estructura sería la cognición, las vigas maestras de nuestra adaptación a realidad. La metacognición sería el recubrimiento, la piedra caliza que complementa la estructura. ¡Qué frágil sería nuestro castillo con solo el armazón! Cuanto más desarrollemos nuestra metacognición, más preparados estamos para una buena defensa. ¿Y por qué es importante la resistencia de nuestra fortaleza? Por los acontecimientos que vivimos. Todos estamos sujetos a factores estresantes, la cuestión es qué hacemos para gestionarlos. Las situaciones nos ponen a prueba, lanzando flechas a nuestras murallas. Las decisiones que vayamos tomando en referencia a la batalla, harán que estemos más cerca de una victoria.


Metacognición y síntomas psicológicos


Hay dos campos en los que se ha estudiado la influencia de la metacognición: la toma de decisiones y el bienestar general. El aumento de habilidades metacognitivas está relacionado por un lado con elecciones más satisfactorias para las personas y por otro, con un mayor bienestar.


Para ilustrar la relación entre metacognición y síntomas, te invito a que imagines la siguiente situación. No eres capaz de identificar tus emociones, ni tus pensamientos como tampoco los ajenos. La realidad te parece caótica. ¿Cómo vivir en ese escenario sin síntomas psicológicos, sin la sensación de andar por arenas movedizas? La experiencia propia de dificultades metacognitivas es el caos, la fragmentación del discurso, la contradicción. Por tanto, es fácil imaginar que irás tomando decisiones que aumentarán tu malestar y el de los demás.


Con lo expuesto, no es de extrañar que los estudios científicos muestren que una baja metacognición está asociada a la aparición de síntomas psicológicos y a una mayor gravedad de estos síntomas. ¿Por qué existe está relación? Podemos pensar en dos explicaciones, las cuales son complementarias. La primera es que los déficits metacognitivos generan síntomas psicológicos. La segunda es que cuando aparecen síntomas psicológicos, merman la capacidad metacognitiva que tenemos. En los trastornos psicológicos estudiados como de ansiedad, del estado de ánimo o del espectro psicótico, se ha observado peor capacidad metacognitiva, en comparación con población no clínica. Se genera así un bucle que se retroalimenta y favorece la perpetuación del malestar psicológico.


Hemos hablado de dos personajes, cognición y metacognición, pero nos faltan otros dos que van en pareja: emociones y sentimientos. Este dúo puede dificultar o facilitar los procesos metacognitivos de pensar sobre nosotros mismos, los demás y nuestras elecciones. La representación de estos cuatro elementos en la siguiente imagen es una simplificación del proceso psicológico de la persona.



En la práctica, todos los componentes interactúan a modo de red, retroalimentándose unos a otros, por lo que hay una gran interacción. De la misma manera, no es válido afirmar que el proceso psicológico comienza en la cognición y acaba en la metacognición, pasando por las emociones y sentimientos. Como antes hemos mencionado, la metacognición regula especialmente las emociones y sentimientos, pero como veremos, en muchas ocasiones nuestra capacidad metacognitiva no es suficiente para detectar e integrar las emociones y sentimientos, encauzándolas a decisiones que nos produzcan bienestar.


Ciertas situaciones pueden suspender nuestra metacognición por las emociones e implicaciones. Por ejemplo, imaginemos que una persona se entera de que su pareja consume cocaína. Podría pensar: “me da igual que consuma, siempre que me respete yo lo querré”. La persona cree que la fidelidad y el amor que siente están por encima del consumo de su pareja. Por tanto, no desarrolla la metacognición en torno a la cocaína y sus consecuencias. ¿Qué pasaría si pensase sobre sí misma, en cómo le podría afectar el consumo de su pareja? No solo se trata del consumo sino de las conductas asociadas a este. Su relación con él también se vería mermada. Si desarrollase los razonamientos complejos que permiten la metacognición, probablemente decidiría dejar la relación. Su pareja, ¿cómo ha llegado a un patrón de consumo, empujado por qué? ¿Tiene miedo a dejar la relación, por sentirse sola? ¿Es el miedo lo que no le permite poder desarrollar la metacognición y tomar una decisión?


Aunque no es un sentimiento sino un proceso psicológico, en la hostilidad, de la cual hablé en otro artículo, también encontramos un conjunto de fallos metacognitivos.


Veamos ahora como un sentimiento vivido como positivo, puede anular también la metacognición. Pensemos en una persona que acaba de enamorarse perdidamente. Comienzan a salir y esta otra persona tiene mala prensa: se sabe que ha tratado mal a otras parejas. Amigos le advierten pero esta persona no hace caso: “¿cómo no va a ser real lo que siento? ¡Es una confirmación de que es buena persona!”. Un buen punto de partida para desarrollar la metacognición, le haría plantearse preguntas como: ¿por qué dicen los demás que es mala persona? ¿Él qué dice sobre esto? ¿Su defensa es creíble? ¿Qué piensan y sienten las personas que vivieron situaciones desagradables con él? ¿Puedo ponerme en contacto con ellas? ¿Hay patrones similares en las anteriores parejas? ¿Es algo sistemático? Ir descubriendo la solidez de este "ser mala persona" de la pareja, facilitará que no se ponga en riesgo y evitar la antesala de un probable maltrato psicológico/físico.


Como podemos extraer de estos ejemplos, suspendemos la capacidad de metacognición cuando “no queremos saber”, por las implicaciones que tiene para nuestro yo. Aunque no debemos de pensar automáticamente en las emociones y sentimientos como enemigos de la metacognición. En muchas ocasiones son parte de nuestro ejército. Pensemos en la tristeza. Si hemos sufrido una gran decepción con alguna amistad, sentiremos su pérdida y sentimientos contradictorios acompañándonos. Es una oportunidad para elaborar qué ha sucedido, cómo se ha dado esa situación, quién era para mí esa persona, y quién era yo para esa persona, si hay otras formas de ver el desenlace, qué puedes aprender si sucede en un futuro algo parecido con una amistad. Son preguntas que modelan nuestra visión de nosotros, los demás y el mundo. Las respuestas que desarrollemos a estas preguntas no deben quedarse en un sí o un no. En este ejemplo de decepción con una amistad, te puedes preguntar: ¿son las personas confiables? Hay que desarrollar el por qué y el cómo, si deseamos incrementar nuestra metacognición.


Psicoterapia y metacognición


Este conjunto de habilidades mentales, se ha demostrado que están presente en toda Psicoterapia eficaz. No es necesario que los terapeutas trabajen la metacognición explícitamente. Un ejemplo de cómo el paciente manifiesta el aumento de la metacognición al final de la terapia es con explicaciones como: “ahora puedo puedo verme desde fuera, pararme a pensar, recapacitar y luego tomar una decisión”, “me planteo más preguntas antes de actuar”, etc. Cuando indagas el cómo lo hacen, salen a la luz estrategias metacognitivas que han aprendido en terapia, que ponen en práctica cada vez que las necesitan en su vida diaria.


Sin embargo, hay autores que han resaltado también efectos perjudiciales o precauciones a tener en cuenta cuando se aborda la metacognición. Una de ellas es vivir la actividad metacognitiva como no placentera. Imaginemos que el paciente no está interesado en analizar las situaciones, analizarse a sí mismo y/o a los demás. No está en ese punto. En su experiencia es aburrido y sinónimo de teoría. Seguir trabajando estrategias metacognitivas confirmará sus creencias y aborrecerá el camino que está tomando la terapia. También puede darse que la conexión entre síntomas y metacognición no sea comprendida por la persona. Serán entonces sesiones frustrantes. También hay que tener en cuenta también el cuadro sintomatológico, pues habrá momentos en los que la persona no sea capaz de participar en conversaciones que exigen una alta atención a los procesos mentales propios y ajenos.


Como conclusión, volviendo a nuestro castillo mientras nos atacan con flechas desde el exterior, podemos decir, que disponemos de dos tipos de arqueros para defendernos. Están los arqueros que reflexionan a través de preguntas, que nos invitan a pensar sobre nosotros mismos, los demás y el mundo. Los otros, utilizan los sentimientos y las emociones para pensar con más profundidad. Serían el punto de apoyo de los primeros. No hay defensa sin ataque, por ello la metacognición es castillo como arqueros. Si coordinamos razón y emoción, hay una gran probabilidad de que evitemos el asalto a nuestra fortaleza.


Bibliografía:

  • Psicoterapia cognitiva del paciente grave. Metacognición y la relación terapéutica. Antonio Semerari. Editorial: Desclée de Brouwer.

  • Recovery, meaning-making, and severe mental illness. Paul H. Lysaker y Reid E. Klion. Editorial: Routledge.

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